El cielo es un enorme cielo raso celeste apenas arañado por rayones que dibujan los aviones militares que pasan en una y otra dirección. En medio de la ruta, el checkpoint es una modesta escenografía abrazada por enormes montañas con laderas que se animan al verde luego de un invierno ríspido. Una caseta sencilla de madera, tanques militares con la sigla de la KFOR, la fuerza de paz de la OTAN que custodia Kosovo desde el fin de los bombardeos del 99 y unos diez soldados de distintos países que integran la alianza atlántica yendo y viniendo completan el paisaje algo desolador. Vestidos de azul y en inglés dificultoso saludan dos policías kosovares y se pasan el pasaporte uno al otro. El más bajo hace un gesto de desconfianza, que podría resultar gracioso si no fuera porque ocurre en medio de una situación tan tensa. Dice que está prohibido tomar fotos y pide la acreditación de prensa. Después de consultar con un superior reclama otra, que en realidad es una autorización que sólo se entrega en Pristina, la capital, y que permite trabajar como periodista. En el fondo de la mochila duerme un carné otorgado por el Ministerio de Cultura serbio con el mismo fin, pero naturalmente allí se queda. "No va a poder ser", dice el policía en serbio al chofer que condujo desde Belgrado, 330 kilómetros al norte.
No fue exactamente una sorpresa no poder ingresar a Kosovo desde Serbia, con un auto con chapa de Belgrado y un pasaporte argentino, que proviene de uno de los países que no reconoce la flamante independencia de la ex provincia autónoma serbia. Las consultas previas habían chocado contra el mismo vaticinio: no se va a poder entrar. Si antes era complejo y riesgoso -de hecho no hay ni hubo vuelos desde la capital serbia a la capital kosovar-, luego de la violencia desatada por la declaración de independencia el 17 de febrero, las fronteras y los checkpoints se convirtieron en polvorines y espacio continuado de protestas contra la voluntad de la mayoría albano-kosovar, que integra el 92% de la población pese a que Kosovo representa para la mitología serbia el alma de su nacionalidad.
Días atrás, dos puestos fronterizos fueron incendiados y un par de vehículos de las KFOR destruidos y arrojados barrancas abajo por iracundos manifestantes, lo que derivó en su cierre temporal. De vuelta en Serbia, queda por soportar la sonrisa irónica de los policías serbios, que habían sugerido un lacónico "fifty and fifty" cuando se les preguntó si era peligroso ingresar a Kosovo por Podujevo, una zona sin poblaciones serbias, por lo que -de ser autorizado- hay que arriesgarse a pasar por hostiles aldeas de albano-kosovares, resentidos con los ortodoxos serbios por guerras de limpieza étnica y desprecio de siglos por su religión musulmana.
El camino hacia la frontera había sido una sucesión de postales increíbles; una alternancia entre pequeñas ciudades de provincia, aldeas modestísimas y enormes territorios de campos segados, con sus clásicas figuras geométricas y tan parecidos a los cuadros impresionistas. Se ven depósitos de chatarra y montañas de autos que ya no son. Alguna taberna olvidada. Mujeres vestidas de negro y de cabeza cubierta que van del brazo a visitar una tumba familiar al cementerio del pueblo. A un costado de la ruta, un hombre vestido con rezagos militares y un sombrero singular parecía extraído de una película de Kusturica. Conducía un carro desvencijado y azuzaba a un caballo que no daba más. "Gitanos", dijo el chofer, "revendedores de cobre".
En Belgrado, la pregunta general era "¿A Kosovo, para qué? Ahí no hay nada para ver..." La imagen asociada al prejuicio por lo que se cree robado: el territorio propio convertido en la patria del crimen, la mafia y el tráfico. Una economía desquiciada, un 80% de desempleo. Un protectorado en el paraíso del delito y la ocupación militar por las grandes potencias.
Hora de volver al auto, estacionado a un costado de la ruta para que los camiones que llevan mercaderías a Kosovo puedan circular. Un auto destartalado con chapa de Pristina pasa la frontera. Lo ocupan cuatro jóvenes. No puedo asegurarlo, pero pudo ser un fuck you lo que se adivinaba en el dedo medio derecho del acompañante.
Una última y obligada mirada hacia atrás, a Podujevo: fue apenas a unos kilómetros de aquí que, en marzo de 1999, un elenco de skorpions, la policía "especial" de Slobodan Milosevic, asesinó a mansalva en el jardín de una casa a 14 civiles, todos mujeres y niños. Este caso llevó a la Corte serbia a varios agentes responsables de "limpiar" Kosovo de albaneses. Fue también muy cerca de Podujevo que, dos años después, guerrilleros albano-kosovares atacaron un ómnibus que iba al antiguo monasterio de Gracanica con un saldo de 12 muertos.
Miseria, ancestral odio religioso y grandes intereses estratégicos de Occidente. El futuro de la golpeada Kosovo es un enorme signo de interrogación que de ninguna manera se cierra con una insensata declaración de independencia.